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Stiglitz contra los millonarios: cuando la riqueza ya no quiere deber nada

La entrevista de Joseph Stiglitz en El País no es solo una crítica económica a los superricos, sino una impugnación moral y política de la forma en que hoy se legitima la acumulación. El Nobel de Economía sostiene que la ideología dominante entre muchos millonarios —en especial en entornos como Silicon Valley— tiene un “grado de egoísmo alucinante”, porque se presenta como autosuficiente y niega el papel decisivo que han tenido la inversión pública, la investigación estatal y las instituciones colectivas en la creación de sus fortunas.

La frase golpea porque desmonta uno de los mitos centrales del capitalismo contemporáneo: el del self-made man absoluto. Para Stiglitz, esa narrativa del “yo lo hice solo, déjenme en paz” no describe una realidad, sino una coartada ideológica. Internet, la innovación tecnológica y buena parte de la infraestructura que permitió a las grandes fortunas digitales expandirse fueron posibles gracias a recursos públicos y decisiones colectivas previas. Lo que el economista denuncia, entonces, no es solo desigualdad, sino una forma de ingratitud estructural convertida en filosofía política.

La entrevista sitúa esa discusión en un momento particularmente delicado para Estados Unidos. Stiglitz afirma que bajo el mandato de Donald Trump se está produciendo un ataque sin precedentes contra la democracia, respaldado por oligarcas con creciente poder político y mediático. La concentración de riqueza ya no sería únicamente un problema distributivo, sino una amenaza directa al pluralismo democrático: cuando los millonarios no solo acumulan capital, sino también plataformas, medios e influencia institucional, la frontera entre poder económico y poder político comienza a disolverse.

Uno de los datos más duros de la conversación resume la magnitud del problema: según Stiglitz, el 50% más pobre del planeta ha recibido solo el 1% de la riqueza creada en los últimos 25 años. Esa cifra no habla únicamente de brecha económica, sino de una reorganización radical de quién captura los frutos del crecimiento global. La riqueza ya no se concentra solo porque algunos ganen más, sino porque el sistema permite que una parte cada vez menor de la sociedad monopolice los beneficios mientras la mayoría queda prácticamente al margen de esa expansión.

Desde una lectura de poder y discurso, lo más inquietante es cómo esa concentración consigue presentarse como normal, eficiente o incluso merecida. La ideología de los millonarios no solo defiende menos impuestos o menos regulación; defiende la idea de que cualquier límite a la acumulación es casi una ofensa moral al mérito individual. Allí es donde el egoísmo al que alude Stiglitz deja de ser un rasgo personal y se vuelve un programa político: privatizar los beneficios, socializar los costos y después negar que la sociedad haya contribuido en algo a ese éxito.

El economista propone como respuesta un impuesto mínimo global del 2% al patrimonio, una medida que considera moderada y necesaria para frenar la consolidación de una riqueza cada vez más hereditaria. La preocupación no es menor: si la acumulación extrema se transmite intacta entre generaciones, el capitalismo deja de premiar innovación y esfuerzo para convertirse en una plutocracia hereditaria. La crítica de Stiglitz apunta justo ahí: la desigualdad contemporánea no solo es excesiva, sino que está empezando a cerrarse sobre sí misma como sistema de reproducción del privilegio.

Hay también una dimensión cultural y psicosocial en esta discusión. La admiración acrítica hacia el millonario disruptivo, el empresario visionario o el magnate tecnológico ha funcionado durante años como una pedagogía del consentimiento. Se nos enseña a mirar la fortuna extrema como señal de genio, no como posible síntoma de captura institucional. Por eso la intervención de Stiglitz resulta incómoda: no discute solo impuestos, discute el relato heroico que protege a las élites económicas de cualquier examen ético más severo.

La fuerza de esta entrevista radica en que obliga a replantear una pregunta básica: ¿cuánta desigualdad puede tolerar una democracia sin deformarse por completo? Stiglitz sugiere que ya no estamos ante una simple desviación corregible, sino ante una mutación del capitalismo donde los ricos quieren conservar los beneficios de la vida en sociedad sin aceptar sus obligaciones. Cuando la riqueza pierde toda noción de deuda con lo público, el problema deja de ser económico en sentido estrecho y se convierte en una disputa por el significado mismo de ciudadanía, justicia y convivencia democrática.

Fuente: Francisco de Zárate, “Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía: ‘La ideología de los millonarios tiene actualmente un grado de egoísmo alucinante’”, El País, 19 de abril de 2026.