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T-MEC bajo presión: México negocia entre soberanía económica y dependencia estratégica

La reunión entre Claudia Sheinbaum y James Greer no es un encuentro protocolario más. Se trata de un momento clave en la antesala de la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), donde se definirán no solo ajustes técnicos, sino los márgenes reales de maniobra económica de México frente a su principal socio comercial. Lo que está en juego no es únicamente comercio: es la arquitectura de poder que sostiene la integración regional.

El T-MEC, firmado en 2020 como sustituto del TLCAN, incluyó desde su origen una cláusula de revisión que hoy comienza a tomar forma política. La llegada de Greer a territorio mexicano responde a esa lógica: anticipar tensiones, alinear posturas y, sobre todo, medir hasta dónde cada país está dispuesto a ceder. En este contexto, México no negocia desde una posición neutra, sino desde una dependencia estructural que lo vincula profundamente con la economía estadounidense.

Desde la perspectiva de política económica, la revisión del tratado abre múltiples frentes. Temas como reglas de origen, energía, cadenas de suministro y condiciones laborales suelen ser los puntos donde emergen las fricciones. Estados Unidos, en particular, ha mostrado interés en reforzar mecanismos que aseguren cumplimiento en materia industrial y energética, mientras México busca preservar espacios de decisión interna. La tensión entre apertura comercial y soberanía económica vuelve a instalarse en el centro del debate.

En términos de poder, este tipo de encuentros revelan una asimetría persistente. Aunque el discurso oficial hable de socios estratégicos, la realidad es que el peso económico de Estados Unidos condiciona el margen de negociación. México necesita del mercado estadounidense para sostener exportaciones, empleo y crecimiento, mientras que Estados Unidos puede diversificar con mayor facilidad. Esa diferencia no se dice abiertamente en la mesa, pero estructura cada conversación.

El papel de Sheinbaum en este escenario es particularmente relevante. Como presidenta, su margen de acción está atravesado por una doble presión: responder a compromisos internos —especialmente en temas como energía y política industrial— y, al mismo tiempo, mantener la estabilidad de la relación comercial con Washington. Cada decisión implica un equilibrio delicado entre legitimidad interna y viabilidad externa. Gobernar, en este contexto, es negociar permanentemente.

La dimensión discursiva también es clave. Mientras en México se enfatiza la defensa de la soberanía y el interés nacional, en Estados Unidos el lenguaje suele centrarse en cumplimiento, reglas y competencia justa. Son dos narrativas que no necesariamente se contraponen, pero que sí reflejan prioridades distintas. La comunicación política en torno al T-MEC no solo informa: construye percepciones sobre quién gana, quién cede y bajo qué condiciones.

En el plano psicosocial, estas negociaciones suelen percibirse como lejanas, técnicas, ajenas a la vida cotidiana. Sin embargo, sus efectos son directos: impactan en precios, empleos, inversiones y oportunidades. La desconexión entre la complejidad del tratado y la experiencia diaria de la ciudadanía genera un vacío donde el debate público pierde profundidad. Se habla del T-MEC como sigla, no como sistema que organiza buena parte de la economía nacional.

La reunión entre Sheinbaum y Greer es, en ese sentido, un recordatorio de que la política económica no se decide únicamente dentro de las fronteras. México negocia su presente y su futuro en espacios donde el poder se distribuye de manera desigual, pero donde también existen márgenes de estrategia. La revisión del T-MEC no definirá solo términos comerciales: delineará los límites de lo posible para el Estado mexicano en un mundo cada vez más interdependiente.

Fuente: La Jornada, “Sheinbaum recibe hoy a James Greer para abordar revisión del T-MEC”, 20 de abril de 2026.