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Antes de conocerte ya te investigaron: Google se convirtió en nuestro nuevo currículum


Antes de una cita buscamos su Instagram. Antes de contratar a alguien revisamos LinkedIn. Antes de hacer negocios escribimos su nombre en Google. Después de conocer a una persona buscamos quiénes son sus amigos, dónde trabajó y qué publica. Incluso después de recibir un mensaje de un desconocido es habitual investigar quién está detrás del número. Buscar personas en internet se volvió tan cotidiano que prácticamente dejamos de considerarlo vigilancia.

El cambio es enorme. Durante casi toda la historia humana conocíamos a alguien principalmente mediante aquello que esa persona decidía contarnos y lo que nuestra comunidad sabía sobre ella. Hoy podemos encontrarnos primero con su versión digital: fotografías de hace diez años, comentarios antiguos, perfiles profesionales, noticias, publicaciones de terceros y fragmentos de vidas anteriores. Por primera vez podemos formarnos una opinión considerable sobre alguien antes de escuchar su voz.

El fenómeno incluso tiene un nombre popular: social media background check. Las empresas lo utilizan para evaluar candidatos; las personas lo hacen antes de una cita; propietarios pueden investigar potenciales inquilinos y clientes revisan a profesionales antes de contratarlos. No siempre es algo negativo. Buscar información puede ayudarnos a detectar fraudes, verificar identidades o descubrir comportamientos preocupantes. El problema comienza cuando confundimos información disponible con información suficiente para juzgar a una persona.

Porque internet posee una característica peculiar: recuerda de manera diferente a nosotros. Los seres humanos olvidamos progresivamente detalles, reinterpretamos acontecimientos y permitimos que alguien construya una reputación nueva. Los buscadores, capturas de pantalla y archivos digitales pueden hacer exactamente lo contrario. Una persona puede cambiar mientras su peor publicación permanece congelada en el tiempo.

Esto creó un debate tan importante que Europa terminó reconociendo jurídicamente el llamado “derecho al olvido”. En 2014, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea determinó que, bajo determinadas circunstancias, las personas podían solicitar que buscadores eliminaran ciertos resultados asociados con su nombre. El tribunal no ordenó borrar la historia de internet: estableció que debía existir un equilibrio entre privacidad y el interés público en acceder a determinada información.

La diferencia es fundamental. Nadie discutiría seriamente que información relevante sobre corrupción de un funcionario debería desaparecer simplemente porque perjudica su reputación. Tampoco sería razonable tratar exactamente igual una fotografía vergonzosa publicada por una persona cuando tenía 17 años. El verdadero problema del escrutinio digital consiste en decidir qué parte del pasado de alguien continúa siendo legítimamente relevante para su presente.

Las redes sociales complicaron todavía más esa evaluación porque destruyeron el contexto. Una captura puede conservar una frase mientras elimina aquello que ocurrió antes y después. Un video de quince segundos puede mostrar una reacción sin explicar qué la provocó. Una publicación irónica puede circular años después frente a personas que desconocen completamente a su autor. Y cuando algo provoca indignación, investigaciones han encontrado que tendemos a sobreestimar cuánto enojo sienten realmente los demás en redes sociales. La opinión pública digital puede parecer mucho más unánime de lo que verdaderamente es.

Ahora la inteligencia artificial añade una dimensión todavía más inquietante. Ya no necesitamos revisar manualmente cien publicaciones. Sistemas automatizados pueden resumir enormes cantidades de información, analizar perfiles y encontrar conexiones en segundos. Eso aumenta nuestra capacidad para investigar personas, pero también el riesgo de interpretar incorrectamente información descontextualizada. Estamos acercándonos a una época donde conocer el pasado digital completo de alguien puede resultar técnicamente más fácil que comprender quién es esa persona actualmente.

Y esto puede cambiar nuestro comportamiento. Si sabemos que cualquier comentario podría reaparecer dentro de diez años frente a un empleador, pareja o audiencia desconocida, comenzamos a pensar no solamente en aquello que queremos decir hoy, sino en cómo podría interpretarlo alguien que todavía no conocemos. El escrutinio produce responsabilidad, pero llevado al extremo también puede producir autocensura. Una sociedad que nunca olvida puede terminar creando ciudadanos que nunca se arriesgan a equivocarse públicamente.

Ahí está una contradicción que prácticamente todos enfrentamos. Queremos saber más sobre los demás antes de confiar en ellos, pero también queremos que nuestros propios errores tengan contexto. Investigamos a una cita, pero probablemente no queremos ser reducidos a nuestra peor fotografía. Revisamos el historial de alguien antes de contratarlo, pero esperamos que nuestro pasado no determine permanentemente nuestro futuro.

Quizá por eso la privacidad del siglo XXI ya no consiste únicamente en esconder información. Muchísima información sobre nosotros inevitablemente existe. El verdadero privilegio puede convertirse en tener derecho a evolucionar sin que cada versión anterior de nosotros siga apareciendo en una búsqueda.

Antes decíamos que la primera impresión era imposible de repetir. Internet creó algo todavía más extraño: la primera impresión puede ocurrir antes de conocernos.

Fuentes: Tribunal de Justicia de la Unión Europea, Google Spain v. AEPD y Mario Costeja González (2014); Reglamento General de Protección de Datos de la Unión Europea, artículo 17; Brady et al., Nature Human Behaviour, investigación sobre percepción de indignación y hostilidad en redes sociales; literatura sobre selección laboral, reputación digital y privacidad en redes.