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Quieren la gubernatura ¡para incrementar el negocio!




Los Alfonso Sánchez, padre e hijo, llevan años enriqueciéndose a costa de los Tlaxcaltecas. Su principal negocio, por el cual quieren mantener la gubernatura, es el inmobiliario, del cual tanto el alcalde como el ex mandatario son socios.

Sánchez García, hijo del exgobernador y actual presidente municipal de Tlaxcala, ha registrado compras de acciones entre 2007 y 2016 en las mismas firmas de vivienda e inmobiliario de su padre, y desde 2023 mantiene esa huella de inversiones, según su propia declaración patrimonial de 2021.

Alfonso Sánchez Anaya, padre del alcalde y exgobernador, posee terrenos, vehículos, cuentas bancarias y participación en empresas del ramo de la construcción y la vivienda, entre ellas Argytek, Desarrolladora Casa Uno y Desarrolladores de Vivienda Tlaxcalteca.

El problema del negocio, cuando se hace desde el poder, es la ineludible vinculación con los delitos de despojo y abuso de autoridad. Teniendo la titularidad del gobierno del estado, los permisos y licencias para los proyectos de construcción se facilitan.

No es la primera vez que la familia Sánchez Anaya quiere mantenerse en la gubernatura para poder promover los negocios inmobiliarios del padre. En 2004, Alfonso Anaya intentó heredar la gubernatura a su esposa, María del Carmen Ramírez García, cercana a Emilio Zebadúa, personaje involucrado en “La Estafa Maestra”.

Maricarmen obtuvo la candidatura por la alianza PRD-Convergencia a la gubernatura, pero quedó en tercer lugar con la victoria del panista, Héctor Ortiz.

Este caso, el de la familia Sánchez Anaya, dibuja una misma escena: familias y grupos que convierten capital político en capital patrimonial, de modos distintos pero dentro del mismo ecosistema.

Unos por la ruta de la construcción y la vivienda; otros por la vía del arrendamiento, la propiedad y las sociedades de servicios; todos favorecidos por una estructura donde el acceso al mando rara vez llega desnudo.

En Tlaxcala, la riqueza del poder no siempre entra por la puerta del escándalo; muchas veces entra por la de la normalidad. Y esa normalidad es, precisamente, lo más alarmante.