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Ciencia, polarización y confianza pública en tiempos de fractura social



La revista Nature ha planteado una idea urgente: los científicos no deberían limitarse a estudiar la polarización, sino contribuir activamente a reducirla. El editorial parte de una preocupación legítima: las sociedades democráticas se dividen cada vez más en grupos que no solo piensan distinto, sino que interactúan menos, desconfían más entre sí y comienzan a percibir al adversario como una amenaza moral. En ese contexto, la polarización deja de ser una simple diferencia de opiniones para convertirse en un problema de convivencia, comunicación y poder.

La propuesta de Nature es que psicólogos, sociólogos, politólogos e historiadores poseen herramientas valiosas para entender qué separa a las comunidades y qué mecanismos podrían acercarlas. La revista insiste en que la investigación social puede ayudar a identificar estrategias concretas para reconstruir vínculos, reducir hostilidades y generar espacios de cooperación entre grupos enfrentados. No se trataría solo de diagnosticar el conflicto, sino de aplicar conocimiento científico para transformar las condiciones que lo alimentan.

El editorial destaca casos donde las divisiones ideológicas se suavizan cuando los problemas se presentan en términos cercanos y locales. Una política pública puede generar menos rechazo cuando se discute desde sus efectos en el municipio, el barrio o la comunidad inmediata, en lugar de plantearse como una disputa nacional abstracta. También recuerda experiencias donde personas con posiciones políticas opuestas han colaborado para defender intereses comunes, como ocurrió con vecinos en Moscú que dejaron de lado sus diferencias para proteger sus edificios de la demolición.

Desde la comunicación política, el punto resulta fundamental. La polarización no solo surge por desacuerdos ideológicos, sino por marcos narrativos que clasifican a la sociedad entre “nosotros” y “ellos”. Cuando los debates se nacionalizan, se moralizan y se convierten en símbolos de identidad, las posibilidades de acuerdo disminuyen. En cambio, cuando los problemas se traducen a experiencias concretas, compartidas y territorialmente cercanas, los grupos pueden reconocer intereses comunes sin renunciar necesariamente a sus diferencias.

Sin embargo, la propuesta enfrenta una dificultad evidente: los científicos también son seres humanos y forman parte de los mismos entornos psicológicos que estudian. La academia no está libre del sesgo de confirmación, la homogeneidad de grupo ni la polarización afectiva. Un estudio de James Manzi, alojado en el repositorio de la Universidad de Oxford, analizó artículos de ciencias sociales publicados entre 1960 y 2024 y encontró que alrededor del 90% de los trabajos políticamente relevantes tendían hacia posiciones de izquierda, con un desplazamiento progresivo en esa dirección.

El problema no es que existan científicos con posturas políticas, sino que las instituciones encargadas de producir conocimiento puedan ser percibidas como ideológicamente uniformes. Cuando una comunidad académica se vuelve demasiado homogénea, corre el riesgo de confundir consenso científico con consenso cultural interno. En ese punto, la comunicación pública de la ciencia se vuelve vulnerable: quienes se sienten excluidos de ese marco interpretativo pueden dejar de verla como una fuente de conocimiento y comenzar a percibirla como una autoridad política más.

Esta tensión se hizo visible cuando publicaciones científicas rompieron tradiciones de neutralidad para pronunciarse explícitamente en elecciones presidenciales de Estados Unidos. Nature respaldó a Joe Biden en 2020, mientras que Scientific American apoyó a Biden en 2020 y a Kamala Harris en 2024, decisiones defendidas por algunos como responsabilidad pública, pero criticadas por otros como señales de partidización de la ciencia.

Por eso, si la ciencia quiere ayudar a reducir la polarización, deberá cuidar no solo la calidad de sus investigaciones, sino también la legitimidad simbólica desde la cual habla. La confianza pública no se construye únicamente con datos, sino con pluralidad, prudencia institucional y capacidad de escuchar a quienes desconfían. En una época marcada por la fragmentación social, la ciencia puede ser una fuerza de encuentro, pero solo si evita convertirse en otro actor más dentro de la guerra cultural que busca resolver.

Fuente: Adaptado del editorial “‘Us’ not ‘them’: scientists must use their skills to help stop polarization and division”, publicado por Nature, complementado con investigaciones recientes sobre polarización, sesgos ideológicos en ciencias sociales y comunicación pública de la ciencia.