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Freud decía no ser político, pero sus ideas explican cómo funciona el poder






Sigmund Freud insistió durante buena parte de su vida en mantenerse lejos de la política. Sin embargo, sus estudios sobre las masas, la autoridad, la cultura y el comportamiento humano terminaron planteando una pregunta incómoda: ¿es posible comprender el poder sin comprender primero nuestra mente?


Cuando le preguntaron directamente cuál era su posición política, Freud respondió de una manera desconcertante: “Políticamente, no soy nada”.

La frase parece cerrar cualquier discusión. Pero ocurre exactamente lo contrario.

Porque aunque el creador del psicoanálisis nunca construyó una teoría política, no militó activamente en un partido y evitó identificarse con los grandes movimientos ideológicos de su época, buena parte de su obra terminó adentrándose en uno de los territorios fundamentales de la política: la manera en que los seres humanos obedecen, siguen líderes, construyen instituciones y aceptan límites para poder vivir en sociedad.

El hombre que quiso mantenerse lejos de la política


Freud prefería presentarse como científico.

Se definía como un liberal de viejo cuño y desconfiaba profundamente de los extremismos y los dogmatismos. Su interés principal no era diseñar gobiernos ni explicar cómo debía organizarse el Estado.

Su territorio era otro: el inconsciente.

Pero precisamente ahí apareció el problema.

El psicoanálisis comenzó estudiando conflictos individuales y terminó encontrándose inevitablemente con fenómenos colectivos: la religión, la moral, las instituciones, las masas, los liderazgos y las reglas que permiten mantener unida a una sociedad. (⁠Topía)

Freud había entrado por la puerta de la psicología y, casi sin proponérselo, había llegado hasta el poder.

¿Por qué obedecemos?


La política suele explicarse mediante elecciones, instituciones, partidos, leyes, gobiernos o ideologías.

Freud introdujo otra posibilidad mucho más perturbadora: quizá una parte del poder también se encuentra dentro de nosotros.

Las sociedades necesitan reglas. Para convivir, los individuos deben contener deseos, impulsos y agresiones. La civilización exige renuncias y establece límites sobre aquello que podemos hacer.

El resultado es una tensión permanente entre lo que desea el individuo y lo que necesita la sociedad.

Desde esta perspectiva, el poder no funciona únicamente porque exista una autoridad capaz de imponer una norma. También funciona porque los individuos terminan interiorizando prohibiciones, valores, ideales y figuras de autoridad.

La pregunta entonces cambia.

Ya no es solamente quién gobierna, sino por qué estamos dispuestos a obedecer.

El poder también necesita emociones


Aquí aparece otra de las conexiones más interesantes entre Freud y la política contemporánea.

Las personas no necesariamente se integran a movimientos colectivos después de analizar racionalmente cada una de sus propuestas.

También intervienen emociones, identificaciones, deseos, temores y vínculos con determinadas figuras.

Un líder puede convertirse así en algo mucho más poderoso que un administrador o representante político: puede transformarse en un símbolo sobre el cual millones de personas proyectan expectativas, frustraciones y aspiraciones.

Por eso estudiar a las masas implica estudiar algo más que ideologías.

Implica estudiar deseos.

Y esa idea conserva una enorme capacidad para explicar fenómenos actuales: liderazgos carismáticos, polarización política, nacionalismos, fanatismos y movimientos capaces de generar identidades colectivas extraordinariamente intensas.

Freud terminó enfrentándose a su propia contradicción


Existe, además, una ironía dentro de su historia.

Aunque Freud procuraba distanciarse de la política partidista, el movimiento psicoanalítico que ayudó a construir desarrolló estructuras de autoridad, jerarquías y disputas internas.

José Perrés señala que incluso puede hablarse de un “Freud político” cuando se analiza su papel como líder institucional.

El hombre que estudiaba el funcionamiento de los grupos también tuvo que ejercer autoridad sobre uno.

Y allí aparecieron algunas de las mismas tensiones que atravesaban sus teorías: liderazgo, obediencia, poder, disidencia y organización. 

Entonces, ¿Freud era político?


Probablemente la respuesta depende de qué entendamos por política.

Si pensamos únicamente en militancia, partidos y participación electoral, Freud difícilmente encaja en la definición tradicional de un actor político.

Pero si entendemos la política como el estudio de las relaciones entre individuos, autoridad, instituciones, normas y poder, resulta mucho más complicado mantenerlo fuera.

Freud quizá nunca quiso decirnos cómo gobernar una sociedad.

Hizo algo diferente.

Intentó explicar qué ocurre dentro del ser humano cuando vive en una.

Y esa diferencia podría ser mucho más importante de lo que parece.

Porque detrás de cada gobierno existen instituciones. Detrás de las instituciones existen grupos. Detrás de los grupos existen individuos.

Y dentro de esos individuos existen miedos, deseos, identificaciones y conflictos que no siempre son conscientes.

Tal vez por eso, más de un siglo después, Freud sigue apareciendo donde aparentemente no debería estar:

en el centro de las preguntas sobre el poder.

Fuente: José Perrés, “Freud: ¿sujeto político y crítico de su cultura?”, Topía.