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La generación que tiene trabajo, pero siente que nunca podrá tener una casa



Estudia. Consigue un buen trabajo. Ahorra. Después vendrán la casa, la estabilidad y quizá una familia. Durante décadas, esa fue una especie de guion no escrito de la vida adulta. Millones crecieron escuchándolo en casa y viéndolo cumplirse, con distintas dificultades, en generaciones anteriores. El problema es que muchos jóvenes siguieron las instrucciones y descubrieron que la recompensa prometida ya no necesariamente estaba al final del camino.

En México, la vivienda ayuda a entender esa ruptura. La OCDE encontró que los precios reales de las casas aumentaron 31% entre 2005 y 2020 y que, durante ese periodo, los precios crecieron alrededor de 1.5 veces más rápido que los ingresos promedio. Para un hogar ubicado en la mitad de la distribución de ingresos, adquirir una vivienda promedio equivaldría aproximadamente a nueve años completos de salario, sin destinar ese dinero a ninguna otra cosa.

La consecuencia se observa en conversaciones cada vez más comunes. Personas con licenciatura, empleo formal e ingresos que décadas atrás habrían simbolizado cierta estabilidad descubren que independizarse implica entregar una proporción considerable de su sueldo a la renta, mientras reunir un enganche puede tomar años. No significa que ninguna persona joven pueda comprar vivienda. Significa que la distancia entre trabajar y acumular patrimonio se volvió mayor para una parte importante de la población. La propia OCDE señala que los jóvenes presentan menor probabilidad de habitar una vivienda adecuada que los trabajadores de mediana edad.

Lo paradójico es que esto sucede mientras algunos indicadores laborales han mejorado. El salario mínimo real mexicano creció con fuerza durante los últimos años y la OCDE reportó que entre enero de 2021 y enero de 2025 aumentó 56.7% en términos reales. Sin embargo, mejorar el ingreso no elimina automáticamente décadas de presión acumulada sobre vivienda, suelo urbano, acceso al crédito y localización de los empleos. Puedes ganar más que hace algunos años y, al mismo tiempo, sentir que una casa se aleja.

Eso también modifica decisiones que solemos interpretar como personales. Irse más tarde de casa, compartir departamento, vivir con los padres, posponer hijos o mudarse cada vez más lejos del centro laboral pueden responder a preferencias, pero también a restricciones económicas. La vivienda no es solamente un techo: determina cuánto tiempo gastamos trasladándonos, qué empleos podemos aceptar, dónde estudian los hijos y cuánto patrimonio puede transmitirse a la siguiente generación.

Por eso comparar a un joven actual con sus padres únicamente por la edad a la que compraron una casa puede resultar engañoso. No están jugando necesariamente en el mismo mercado. La OCDE advierte que la vivienda resulta especialmente difícil de adquirir para hogares de ingresos bajos y medios y señala como problemas la oferta insuficiente y el acceso limitado al financiamiento.

Tal vez una de las mayores frustraciones generacionales nazca precisamente de ahí. No es solamente no tener una escritura a los 30 años. Es descubrir que una de las principales promesas con las que aprendimos a imaginar la adultez dejó de funcionar igual. Una generación hizo muchas de las cosas que le dijeron que debía hacer; lo que cambió mientras crecía fueron las condiciones bajo las cuales aquella promesa podía cumplirse.

Fuentes: OECD Economic Surveys: Mexico 2024; Maravalle, Caldera Sánchez y González Pandiella, OECD Economics Department Working Papers (2024); OECD Employment Outlook 2025.