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El ADN de la ideología: herencia, entorno y batalla cultural

 


La frase incomoda por precisa: no solo discutimos política; la política también nos discute a nosotros. Si en una misma mesa dos personas reaccionan distinto ante el riesgo, la autoridad o el cambio, solemos explicarlo con educación, clase social, redes, medios. Pero el argumento que vuelve a circular —y que cada vez aparece más en conversaciones públicas— plantea otra capa: las preferencias políticas tendrían un componente biológico medible.

El dato que se repite es contundente: alrededor del 40% de la variación en actitudes políticas tendría una base genética. Dicho así, suena a sentencia, como si la ideología viniera impresa en el acta de nacimiento. Y ahí empieza el problema: el número no habla de individuos, habla de poblaciones; no dice “tu política es 40% ADN”, sino “entre personas, parte de las diferencias observadas se asocia a herencia genética”.

Ese matiz no es tecnicismo: es el punto central. La palabra clave es heredabilidad, un concepto estadístico que cambia con el contexto. En sociedades donde el entorno es más homogéneo, lo genético puede “explicar” más diferencias relativas; en sociedades donde el entorno es más desigual, el ambiente suele pesar más. Por eso, convertir el porcentaje en dogma es una forma elegante de mentir con números.

La evidencia que sostiene esas estimaciones viene, sobre todo, de estudios con gemelos y familias, que comparan similitudes entre gemelos idénticos y no idénticos para inferir cuánto pesa herencia y cuánto pesa ambiente. Es un método imperfecto, discutido, pero influyente: abrió una línea de investigación que sacudió a la ciencia política tradicional, acostumbrada a explicar preferencias solo con socialización y economía.

Pero incluso en los trabajos que encuentran componentes hereditarios, la historia rara vez es “un gen, una ideología”. Lo que se sugiere es un camino indirecto: genes asociados a rasgos psicológicos —apertura a la experiencia, sensibilidad a la amenaza, búsqueda de orden, aversión al conflicto— que, dependiendo de la coyuntura y del ecosistema mediático, terminan empujando a la persona hacia ciertas narrativas políticas.

La tentación inmediata es usar este enfoque como arma arrojadiza. Unos lo celebran para “desmentir” la educación y la cultura; otros lo condenan por miedo a justificar jerarquías. Ambos extremos son pereza intelectual. El componente genético no elimina la responsabilidad, pero tampoco desaparece por decreto. Aceptar complejidad no es rendirse: es evitar propaganda disfrazada de ciencia.

También hay un ángulo incómodo para cualquier cúpula que viva de administrar certezas: si parte de nuestras inclinaciones es relativamente estable, entonces la política no siempre convence; muchas veces selecciona. Los discursos no solo persuaden: activan disposiciones previas, ofrecen identidad, prometen pertenencia, administran miedo o esperanza. Cambiar una opinión es difícil; cambiar el marco emocional que la sostiene suele ser aún más difícil.

Al final, el dato no debería llevarnos a fatalismo, sino a precisión. La democracia se rompe cuando cree que la gente es arcilla perfecta o, en el extremo opuesto, cuando cree que la gente es destino fijo. Entre ambos errores hay una verdad operativa: somos biología, pero también somos historia; somos temperamento, pero también experiencia. Y gobernar exige entender ambas fuerzas sin convertir ninguna en excusa.


Fuente:
Wade, N. (2025). Can Evolution Explain Our Politics? Nicholas Wade Thinks So [Episodio de podcast]. Conversations With Coleman (The Free Press). Apple Podcasts.
Alford, J. R., Funk, C. L., & Hibbing, J. R. (2005). Are political orientations genetically transmitted? American Political Science Review.
Hatemi, P. K. (2014). Genetic influences on political ideologies: Twin analyses of 19 measures of political ideologies from five democracies and genome-wide findings from three populations. Twin Research and Human Genetics.
Hatemi, P. K., & McDermott, R. (2012). The genetics of politics: discovery, challenges, and progress. Trends in Genetics.
The Guardian (2024). A grey matter? Nature, nurture and the study of forming political leanings.