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Izquierda y derecha no son tan distintas en moral como creemos



 La polarización se alimenta de una certeza cómoda: “ellos” tienen otra moral. Esa idea vuelve imposible cualquier conversación porque convierte al adversario en un extraño, casi en una amenaza. El problema es que esa supuesta distancia moral suele darse por hecho con base en mediciones que, cuando se miran de cerca, pueden estar inflando el desacuerdo.

Un estudio reciente en Political Psychology pone el dedo en esa llaga. A través de seis pruebas empíricas distintas con adultos estadounidenses, los autores encuentran que las diferencias morales entre izquierda y derecha son menores de lo que normalmente se reporta cuando se usa el famoso cuestionario de fundamentos morales. La conclusión es incómoda porque no encaja con el relato que vende mejor: el de dos bandos moralmente incompatibles.

Lo relevante no es solo el resultado, sino el blanco de la crítica. La evidencia más citada sobre “mentes morales opuestas” descansa, en buena medida, en un instrumento de encuesta que el propio estudio señala con limitaciones metodológicas importantes. Si el termómetro está sesgado, el diagnóstico de fiebre cultural puede estar exagerado desde el origen.

Cuando se asume que el otro valora cosas radicalmente distintas, nace una trampa política: la brecha de empatía moral. No se discuten políticas públicas, se discuten virtudes. Y en ese terreno, nadie concede nada porque ceder se interpreta como traición. El desacuerdo se vuelve identidad, y la identidad se vuelve trinchera.

El estudio sugiere que, al cambiar la forma de medir, aparece un paisaje más sobrio: hay diferencias, sí, pero no del tamaño que se ha vuelto parte del sentido común. Esto no significa que desaparezcan los conflictos reales; significa que el conflicto quizá no está en una moral opuesta, sino en prioridades, interpretaciones y contextos que el debate simplifica para ganar puntos.

La consecuencia práctica es brutal para la conversación pública: si el desacuerdo moral está sobredimensionado, entonces la hostilidad también. La política se vuelve un teatro de indignación permanente porque es más rentable declarar al otro “incapaz moral” que reconocer zonas compartidas y pelear, con seriedad, por lo que de verdad está en disputa.

En este punto, el hallazgo incomoda a todos. A quienes viven de la polarización les arrebata una gasolina emocional. A quienes venden soluciones tecnocráticas les recuerda que la medición también es poder: quien define el instrumento termina influyendo en la narrativa de lo que somos como sociedad.

La lectura es simple: si las diferencias morales son menores de lo que creíamos, la pregunta no es por qué nos odiamos tanto, sino quién gana cuando creemos que somos moralmente irreconciliables. Porque una democracia que se convence de que no comparte nada con el otro, termina votando con el hígado y legislando con el resentimiento.

Fuente: Johnston, C. D., Ciuk, D. J., & Lopez, J. (2025). Competing moral minds? Estimating moral disagreement in American politics. Political Psychology. https://doi.org/10.1111/pops.70078