Cada mes de enero, una pequeña localidad alpina de Suiza se convierte, durante cinco días, en el epicentro de la política y la economía mundial. El Foro Económico Mundial —conocido simplemente como Davos, por la ciudad donde se celebra desde 1971— reunió en su 56ª edición, entre el 19 y el 23 de enero de 2026, a cerca de 3,000 personas de 130 países: 64 jefes de Estado y de gobierno, 1,700 representantes empresariales —850 de ellos directores ejecutivos—, casi 100 fundadores de empresas tecnológicas "unicornio", más de 120 ministros y 11 presidentes de bancos centrales.
El propio origen de Davos explica buena parte del escrutinio que recibe: fue fundado por el economista alemán Klaus Schwab como un encuentro de ejecutivos empresariales europeos, y evolucionó hasta convertirse en el punto de encuentro anual más comentado entre líderes políticos, magnates y figuras de la sociedad civil global. Sus defensores lo describen como un espacio necesario de diálogo en un mundo interconectado, donde desafíos que ningún país puede resolver de forma aislada —cambio climático, regulación de la inteligencia artificial, fragmentación comercial— encuentran un foro de coordinación que de otro modo no existiría; el Informe de Riesgos Globales 2026 que el propio Foro publicó identificó la confrontación geoeconómica, la desinformación y la polarización social como las principales amenazas de corto plazo para el mundo.
El escrutinio más contundente llegó, como cada año, de Oxfam, que coincidiendo con la apertura del Foro publicó su informe "Contra el imperio de los más ricos", documentando que la riqueza de los multimillonarios crece tres veces más rápido que la economía mundial en su conjunto. La Confederación Sindical Internacional respaldó ese diagnóstico con una advertencia específica: sostiene que los multimillonarios ya no se limitan a influir en los gobiernos desde fuera, sino que buscan participar directamente en la gobernanza, debilitando mecanismos de protección laboral y erosionando normas democráticas construidas durante décadas. Voces críticas de la propia edición 2026 señalaron además que Davos coincidió con la firma de la carta constitutiva de la llamada "Junta de la Paz" —un organismo impulsado por Trump con personalidad jurídica internacional propia, presidencia vitalicia y poder de veto presidencial sobre sus acuerdos— como ejemplo de cómo estructuras de gobernanza global pueden diseñarse, según sus críticos, para concentrar autoridad en muy pocas manos sin el contrapeso habitual de instituciones multilaterales tradicionales.
Otros análisis matizan ese diagnóstico más alarmista, y señalan que buena parte de las críticas hacia Davos exageran su capacidad real de control: las discusiones del Foro son, en la práctica, más simbólicas que operativas, y sus conclusiones dependen enteramente de que gobiernos y empresas decidan, después, adoptarlas o ignorarlas por completo. El propio despliegue de seguridad de la edición 2026 —cerca de 5,000 efectivos militares y un espacio aéreo semicerrado durante toda la semana— sirvió, paradójicamente, para amplificar el argumento de sus críticos y el de sus defensores al mismo tiempo: para unos, prueba de que Davos concentra un poder que necesita ser blindado físicamente; para otros, simple protocolo de seguridad ante la presencia simultánea de decenas de jefes de Estado en un espacio reducido. Lo que ningún bando cuestiona es que, sea cual sea su influencia real, Davos sigue funcionando como el termómetro anual más visible de cómo se percibe a sí misma —y cómo la percibe el resto del mundo— la élite económica y política global.
Fuentes: International Trade Union Confederation, Revista Mercado, Otro Ben (Substack), La Izquierda Diario, Ecoportal, Indymedia Argentina.
