¿Qué pasaría si alguien pudiera eliminar una idea simplemente eliminando las palabras necesarias para expresarla? George Orwell convirtió esa posibilidad en uno de los elementos más inquietantes de 1984: la “neolengua”, un idioma diseñado por el poder para reducir progresivamente el vocabulario. Su objetivo no era solamente controlar lo que las personas podían decir, sino hacer cada vez más difícil formular determinados pensamientos. La intuición detrás de aquella ficción continúa provocando una pregunta fascinante: ¿hasta dónde podemos pensar aquello que no podemos nombrar?
Décadas antes, el filósofo Ludwig Wittgenstein había escrito en su Tractatus Logico-Philosophicus una frase que suele confundirse con Orwell: “Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo”. Sin embargo, interpretarla como si Wittgenstein afirmara simplemente que no podemos pensar aquello para lo que no tenemos una palabra sería demasiado sencillo. Su reflexión estaba vinculada con la relación entre lenguaje, pensamiento y representación del mundo, un problema que posteriormente ocuparía también a lingüistas, psicólogos y científicos cognitivos.
Orwell llevó esa cuestión hacia el terreno político. En 1984, el régimen no se conforma con prohibir opiniones: transforma el idioma. La neolengua elimina sinónimos, reduce significados y destruye palabras consideradas peligrosas con la intención de volver inconcebible el llamado “crimental”. Si desaparece el vocabulario para formular una crítica, razona la lógica totalitaria de la novela, también podría resultar más difícil construir mentalmente esa crítica. No es una descripción científica del cerebro, sino una poderosa advertencia sobre la relación entre lenguaje y poder.
La lingüística moderna ha investigado una pregunta parecida mediante la llamada relatividad lingüística, asociada históricamente con Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf. La versión extrema —que nuestro idioma determina completamente aquello que podemos pensar— tiene poco respaldo científico. Pero investigaciones experimentales sí sugieren que el lenguaje puede influir en procesos como la atención, la memoria, la categorización del color, la orientación espacial o la forma en que describimos acontecimientos. Las palabras no construyen una prisión absoluta para el pensamiento, pero pueden ayudar a dirigir nuestra atención hacia determinadas partes de la realidad.
Un ejemplo aparece en los estudios sobre color. Investigaciones con hablantes de idiomas que dividen el espectro cromático de manera diferente han encontrado variaciones en la rapidez con la que ciertas tonalidades son discriminadas. Otros trabajos han observado diferencias relacionadas con cómo distintas lenguas representan espacio, tiempo o movimiento. Estos resultados no significan que una persona sea incapaz de percibir algo porque carezca de una palabra específica. Sugieren algo más sutil: las categorías lingüísticas que utilizamos constantemente pueden entrenarnos para clasificar determinados aspectos del mundo con mayor facilidad.
La idea adquiere una dimensión política cuando las palabras utilizadas para describir un mismo acontecimiento cambian. “Daño colateral”, “interrogatorio reforzado”, “limpieza étnica”, “migrante”, “refugiado” o “invasión” no son términos intercambiables: cada uno activa asociaciones y marcos distintos. La investigación sobre framing ha mostrado que pequeñas modificaciones lingüísticas pueden cambiar la manera en que las personas interpretan problemas sociales. Controlar el lenguaje no permite controlar completamente el pensamiento, pero sí puede influir en el marco desde el cual comenzamos a pensar.
Por eso Orwell y Wittgenstein siguen resultando incómodamente actuales, aunque hablaran desde proyectos intelectuales completamente diferentes. No necesitamos imaginar un gobierno eliminando palabras de un diccionario para comprender el poder del lenguaje: basta observar cómo nuevas palabras permiten reconocer experiencias que antes resultaban difíciles de describir y cómo otras intentan suavizar realidades incómodas. Quizá podamos pensar sin palabras, pero disponer de ellas amplía las herramientas con las que ordenamos, discutimos y cuestionamos el mundo. Y por eso una de las primeras batallas por cambiar la realidad casi siempre comienza decidiendo cómo vamos a llamarla.
Fuentes: Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus (1921), proposición 5.6; George Orwell, 1984 (1949), apéndice “The Principles of Newspeak”; Stanford Encyclopedia of Philosophy, estudios sobre relatividad lingüística; Lera Boroditsky, investigaciones sobre lenguaje y cognición; Winawer et al., Proceedings of the National Academy of Sciences, estudios sobre categorías lingüísticas y percepción del color; literatura académica sobre framing, lenguaje y cognición.