Durante abril de 2024, un estudio publicado en Nature se convirtió en munición de alto calibre en la conversación global sobre crisis climática. Su tesis era explosiva por su precisión numérica: bajo escenarios de emisiones elevadas, la economía mundial podría terminar el siglo con pérdidas catastróficas, y el costo sería muy superior al de mitigar para mantenerse cerca del objetivo de 2 °C. En pocos meses, la cifra viajó del paper a los discursos, de los discursos a los reportes técnicos y de los reportes técnicos a las decisiones.
El 3 de diciembre de 2025, esa pieza central se cayó. Nature publicó la retractación y el motivo no fue ideológico, sino estadístico: los resultados eran extremadamente sensibles a un solo país, Uzbekistán, debido a inexactitudes en los datos económicos de 1995 a 1999. En otras palabras: el modelo parecía robusto hasta que se tocaba una ficha; al moverla, todo el tablero cambiaba. El problema no era menor ni cosmético: era estructural.
La corrección revela el tamaño del desajuste. Con el dato anómalo fuera —o corregido—, el golpe estimado para 2100 baja de forma drástica, pasando de la narrativa de colapso generalizado a una cifra todavía grave, pero más cercana a estimaciones previas. Esto no “salva” a la economía del daño climático; lo que hace es desinflar un pronóstico que se volvió símbolo, y recordar que una proyección puede ser científicamente sofisticada y, aun así, frágil frente a un outlier.
Los cuestionamientos no se detuvieron en Uzbekistán. La retractación reconoce también críticas sobre correlaciones espaciales y sobre la forma de manejar la incertidumbre. Es el tipo de discusión técnica que rara vez llega intacta al debate público: mientras afuera se comparte una cifra como si fuera destino, adentro se pelea por supuestos, errores estándar, transiciones de fuentes y tendencias de orden superior. Esa distancia entre laboratorio y titular es donde nacen los malentendidos… y también las campañas.
Los autores, por su parte, sostienen que el núcleo cualitativo sigue en pie: el cambio climático dañará la economía y golpeará con más fuerza a los más vulnerables. Su postura es que el ajuste corrige magnitudes y bandas de incertidumbre, no el sentido general del fenómeno. El Instituto de Potsdam, además, ha señalado que planeaban volver a someter una versión corregida, reconociendo las omisiones y la necesidad de mayor robustez metodológica.
El episodio importa porque el paper no fue un documento más: se volvió referencia de alto impacto para instituciones que modelan riesgo y diseñan escenarios. Cuando una cifra entra al circuito de bancos centrales, reguladores y evaluaciones de estrés, deja de ser solo ciencia: se convierte en insumo de política. Y si ese insumo se retracta, el daño no es únicamente académico; también es de confianza, narrativa y reputación institucional.
Aquí está la lección incómoda: modelar impactos climáticos de largo plazo es uno de los ejercicios más difíciles de la ciencia aplicada, porque mezcla economía, clima, desigualdad, tecnología y adaptación en un horizonte donde casi todo es incierto. Por eso, cuando la discusión pública se vuelve cruzada moral —con números usados como garrote—, el riesgo es doble: se desinforma al ciudadano y se le regala munición al negacionismo cuando el error estalla.
La conclusión no debería ser “ya no creamos en los daños”, sino otra, más exigente: necesitamos mejores modelos, mejores datos y una cultura de incertidumbre honesta. La ciencia se corrige, sí, pero el debate público rara vez perdona. Y cuando se confunde persuasión con evidencia, la retractación de un paper termina pareciendo la retractación de toda una causa. En ese terreno, la precisión no es un lujo: es la única defensa de la credibilidad.
