AHORA

El expediente fantasma es la nueva forma de control de acuerdo a estudios


El expediente fantasma es la nueva forma de controlDesde la retórica del “Estado de derecho” hasta el imaginario tecnocrático de la modernización, se repite una creencia tranquilizadora: si un derecho existe en la norma, el Estado lo garantiza; si alguien no lo recibe, algo “faltó” del lado del ciudadano. Esa fábula es útil porque vuelve moral lo que a menudo es administrativo. Pero una porción relevante del poder contemporáneo no opera negando derechos de frente: opera agotando a quien intenta ejercerlos. No dice “no”; dice “vuelva”, “falta un papel”, “hay observaciones”, “espere el plazo”, “el sistema se cayó”. Es el algoritmo del expediente “perdido”: una coreografía institucional donde el derecho se vuelve técnicamente existente y prácticamente inalcanzable.


La ciencia social lleva décadas mirando esa zona gris. Michael Lipsky la nombró desde la implementación: en la street-level bureaucracy, la política pública real se decide en la ventanilla, en el módulo, en el mostrador, en la oficina que interpreta reglas bajo caseloads altos, metas ambiguas y recursos escasos. Ahí la discrecionalidad no siempre es abuso explícito: a veces es supervivencia organizacional. Y cuando esa supervivencia se vuelve rutina, la ciudadanía aprende que el acceso no depende solo de tener razón, sino de sostener el desgaste.


Más recientemente, la literatura de cargas administrativas (administrative burden) precisó el mecanismo: el Estado puede limitar acceso a beneficios y derechos mediante costos de aprendizaje (entender si eres elegible y cómo), de cumplimiento (documentación, traslados, tiempo) y psicológicos (estrés, estigma, sensación de humillación). Moynihan, Herd y Harvey lo formulan como una variable política: no es solo “ineficiencia”, es diseño de fricción que produce consecuencias distributivas.


Lo poco conocido —y por eso socialmente explosivo— es que este tipo de violencia institucional es medible, incluso cuando no deja un “culpable” claro. En estudios sobre programas focalizados en Estados Unidos (útiles como evidencia de mecanismo, no como calca regional), las tasas de participación caen precisamente donde el trámite sube. Pamela Herd resume datos contundentes: mientras programas universales de baja carga administrativa rozan niveles de participación muy altos, en programas con mayor carga las tasas bajan drásticamente; para SNAP (asistencia alimentaria), se estimaba participación de alrededor de dos tercios de los elegibles, y en Medicaid del orden de 50%–70%. La cifra no es un detalle técnico: es la huella de un Estado que, aun con presupuesto asignado, no logra convertir elegibilidad en acceso.


Cuando se abre la caja negra del desistimiento, el expediente “perdido” aparece con nitidez. En la misma revisión, Herd reporta que aproximadamente la mitad de los elegibles que no participan en SNAP creen que no son elegibles: el primer muro no es económico, es informativo. El segundo muro es el tiempo: entre no participantes, 40% subraya el papeleo como barrera y 37% la dificultad de “sacar tiempo” para aplicar por trabajo o responsabilidades familiares; y, entre quienes iniciaron el proceso y abandonaron, una cuarta parte atribuyó la salida a las cargas del trámite. El Estado no negó el derecho: el procedimiento lo volvió invivible.


El mecanismo se vuelve todavía más revelador cuando se observa el reverso: reducir fricción aumenta acceso. En la evidencia recopilada por Herd, brindar ayuda para completar solicitudes llegó a asociarse con un aumento cercano a 80% en aplicaciones de SNAP respecto de personas informadas de su elegibilidad pero sin asistencia adicional. Es una cifra incómoda porque convierte lo que a menudo se narra como “falta de interés” en lo que es: falta de capacidad administrativa del lado del ciudadano, creada o agravada por el diseño institucional.


Lo importante no es SNAP. Lo importante es el patrón. La burocracia puede funcionar como filtro que redistribuye silenciosamente: quienes tienen tiempo flexible, conectividad, alfabetización burocrática, redes y paciencia atraviesan; quienes viven al día, cuidan a otros, trabajan jornadas rígidas o enfrentan ansiedad y desgaste quedan fuera. En ese sentido, el expediente “perdido” no es un accidente; es una forma de desigualdad institucional: produce resultados distintos sin decir nunca “estoy excluyendo”.


La parte más polémica es admitir que esto también puede operar como estrategia de gobierno. Herd y Moynihan han insistido en que las cargas administrativas pueden ser “política por otros medios”: una manera de reducir demanda, ahorrar costos o evitar conflictos distributivos sin anunciar recortes. Si el Estado eleva requisitos, endurece recertificaciones, fragmenta información o deja que los plazos se vuelvan laberinto, logra una forma de racionamiento sin asumir el costo moral de negar derechos en público. No es conspiración; es incentivo: cuando las instituciones están saturadas o cuando el clima político castiga el gasto social, el trámite se vuelve la válvula silenciosa.


Por eso este fenómeno es poco narrado y, al mismo tiempo, perfectamente rastreable. Se ve en indicadores que rara vez son titulares: tiempos promedio de respuesta, tasa de “prevenciones” u “observaciones”, número de visitas requeridas, porcentaje de expedientes que “caducan”, porcentaje de solicitudes abandonadas, variación entre oficinas y territorios, y el diferencial entre población elegible y población efectivamente atendida. Es violencia sin escándalo, sí, pero también es un mapa: se puede ubicar dónde se rompen los derechos.


La pregunta de fondo, entonces, no es si el Estado “es malo” o “es ineficiente”. La pregunta adulta es institucional: ¿qué parte de la justicia está siendo tercerizada al aguante del ciudadano? En una democracia funcional, el trámite debería ser la infraestructura invisible del derecho; cuando se vuelve obstáculo, el Estado no deja de gobernar: gobierna por desistimiento.


Referencias (APA 7)


Herd, P. (2015). How administrative burdens are preventing access to critical income supports for older adults: The case of the Supplemental Nutrition Assistance Program. Public Policy & Aging Report, 25(2), 52–55.


Herd, P., & Moynihan, D. P. (2020). Administrative burden: Policymaking by other means. Russell Sage Foundation.


Moynihan, D. P., Herd, P., & Harvey, H. (2015). Administrative burden: Learning, psychological, and compliance costs in citizen-state interactions. Journal of Public Administration Research and Theory, 25(1), 43–69.


Lipsky, M. (1980). Street-level bureaucracy: Dilemmas of the individual in public services. Russell Sage Foundation.