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Quien nombra decide tu futuro aunque cambie el gobierno


Se repite una creencia tranquilizadora: si se renueva el liderazgo político, se renuevan también las trayectorias. La evidencia y la sociología de élites sugieren una verdad más incómoda: el poder real no está solo en el dinero ni en el discurso, sino en nombrar. Quien controla los nombramientos controla las puertas de carrera: quién entra a una institución, quién asciende, quién recibe credenciales, quién obtiene acceso a redes que duran décadas. Y eso explica por qué los gobiernos cambian, pero muchas trayectorias no.


Nombrar no es un detalle administrativo; es una tecnología de reproducción. Bourdieu lo diría en términos de capital social: no basta con tener habilidades; importa pertenecer a redes que convierten confianza en oportunidades. El nombramiento es el mecanismo que transforma afinidad, pertenencia o lealtad en posiciones objetivas —plazas, cargos, comisiones, direcciones— que luego se vuelven reputación acumulable y, con el tiempo, “mérito” retroactivo. La carrera aparece como historia personal, pero muchas veces es una arquitectura social.


Lo interesante es que este fenómeno no depende de “corrupción” en el sentido vulgar. Puede operar dentro de reglas formales. Basta con controlar comités, listas, ternas, consejos, jurados, coordinaciones y todo el ecosistema donde se decide quién es “apto” y quién no. Es el poder de la llave: no necesitas mandar sobre todo; te basta con mandar sobre el umbral.


Hay datos que muestran que la política de nombramientos no es marginal: es una industria del poder. En Estados Unidos —un caso útil por su documentación pública— un presidente es responsable de aproximadamente 4,000 nombramientos políticos, y alrededor de 1,200 requieren confirmación del Senado. No es solo una cifra: es el tamaño del tablero donde se decide la interfaz entre gobierno y burocracia, y donde se construyen carreras que sobreviven a un sexenio porque se convierten en redes interinstitucionales.


El patrón es comparativo. La investigación de Petr Kopecký sobre patronazgo partidista compiló un dataset en 22 países de cinco regiones, justamente para mostrar que el patronazgo no es una rareza “latina” ni un vicio exótico: es una forma recurrente de gobierno de partidos a través de nombramientos en sectores estratégicos del Estado. Lo relevante aquí no es el chisme de “a quién nombraron”, sino la lógica institucional: el nombramiento crea lealtades, define canales de información, y construye un “mercado interno” donde las oportunidades circulan entre los mismos nodos.


¿Por qué dura tanto? Porque los nombramientos producen cadenas. Quien entra por una puerta accede a recursos que multiplican su probabilidad de seguir adentro: experiencia, contactos, lenguaje organizacional, visibilidad, padrinazgos. La red se vuelve autopoiética: se reproduce a sí misma. Además, muchas instituciones tienen “memoria” en clave de personas: el conocimiento operativo, los atajos, las reglas tácitas y los accesos informales se heredan por proximidad, no por manuales. Así, el poder de nombrar no solo controla puestos: controla capacidad de navegar el sistema.


El impacto social aparece cuando miras qué se considera “normal”. La ciudadanía suele indignarse por el presupuesto o por los escándalos, pero rara vez audita el mapa de nombramientos: quién integra órganos técnicos, quién ocupa áreas de evaluación, quién define criterios de ingreso, quién distribuye plazas, quién monopoliza el lenguaje de “profesionalización”. Sin embargo, allí se decide una parte crucial de la desigualdad: la que separa a quienes tienen carrera institucional de quienes solo tienen trabajo precario y rotación.


Por eso “cambian gobiernos y no cambian trayectorias”. Porque el sistema puede cambiar de discurso sin cambiar sus puertas. Puedes tener alternancia y, aun así, continuidad de élites si las redes de nombramiento permanecen intactas o si simplemente se sustituyen nombres sin tocar el mecanismo: hoy entra una coalición, mañana otra, pero la lógica de acceso sigue siendo la misma —y la ciudadanía lo siente como una democracia que rota símbolos sin redistribuir oportunidades.


La salida no es ingenua (“prohibamos nombramientos”). La salida es institucional: transparentar criterios, publicar rutas de carrera, abrir concursos reales, limitar discrecionalidad en puestos técnicos, auditar redes de conflicto de interés y —clave— medir concentración de trayectorias: cuántas decisiones pasan por los mismos nodos. Mientras el poder de nombrar permanezca opaco, seguirá siendo la moneda más estable de las élites: la que compra futuro.


Referencias

Bourdieu, P. (1986). The forms of capital. En J. G. Richardson (Ed.), Handbook of theory and research for the sociology of education (pp. 241–258). Greenwood.


Kopecký, P., Mair, P., & Spirova, M. (2016). Party patronage in contemporary democracies: Results from an expert survey in 22 countries from five regions. European Journal of Political Research.


Mills, C. W. (1956). The power elite. Oxford University Press.


Partnership for Public Service. (2021). Presidentially Appointed Positions (Revised April 14, 2021). Presidential Transition Project.


Partnership for Public Service. (2025). Political Appointee Tracker.